lunes, 27 de septiembre de 2010

PASION TAURINA POR LAS CALLES DE BARCELONA




«¡Libertad, libertad!» La palabra que acuna el mayor tesoro de la tierra retumbó por los cimientos de la Monumental de Barcelona. La emoción trepaba por los tendidos a la velocidad de la luz. Un torero catalán, de Montcada i Reixac para más señas, había toreado con la verdad por delante en la faena más emocionante de la temporada de la prohibición.
Serafín Marín se llama. «¡Serafín, Serafín!», gritaba la afición mientras lo sacaba a hombros por las calles de la Ciudad Condal. Una riada humana lo seguía a modo de procesión en un Vía Crucis que comenzó en la calle Marina, continuó por la Gran Vía, recorrió la Avenida Diagonal y kilómetros más allá, allá donde la ciudad se confunde con el mar, descendieron a la tierra al héroe, que acababa de indultar un estupendo toro de Jandilla, «Timonel» de nombre.



Marín había brindado la fabulosa obra a Albert Rivera, que debutaba en una corrida de toros y terminó por la puerta grande en compañía de Marín y El Cid, marcando un hito en las páginas político-taurinas. Cuando el presidente de Ciutadans —que se ha ganado el voto de muchos aficionados como paladín de las libertades— recibió la montera, los tendidos estallaron en clamor.

El cántico a la libertad se extendió con tal ímpetu que su eco llegó al Parlament. Pocas veces se habrá respirado tanta emoción en una plaza. Y rara vez se habrá visto aquí un toro tan astifino, con dos velas que servirían de alumbrado en La Mercé.

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